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¿Qué quemarían hoy los bomberos de Farenheit 451?

Fahrenheit 451: una temperatura obsoleta contra la temperatura del conformismo y la inmediatez actual.

Por Bárbara Caoa, Profesora y Licenciada en Lengua y Literaturas Modernas, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo.

 

 

Fahrenheit 451 (la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde) es una novela escrita por el estadounidense Ray Bradbury (1920-2012).

La obra narra la historia de una ciudad de Estados Unidos donde está prohibido leer, y en la cual los bomberos, en lugar de sofocar incendios, los provocan, con la intención de incinerar los libros. Hay, asimismo, una versión de la obra adaptada al cine, estrenada en 1966 y dirigida por François Truffaut.


Dividida en tres secciones, “Era estupendo quemar”, “La criba y la arena” y “Fuego vivo”, la obra gira en torno a Guy Montag, un empleado del cuartel de bomberos de la ciudad que se dedica, junto a sus compañeros, a quemar libros con lanzallamas a 451 grados. El cuartel está dirigido por Beatty, el jefe, quien cree que los libros son en realidad “traidores” y se vuelven en contra de uno; y de un sabueso mecánico gigante encargado de localizar a quienes aún poseen ejemplares.

En la tierra de Montag, todos piensan igual. Abrir un debate o hacerse preguntas no está permitido. Se ve televisión, se trabaja con imágenes, se practican deportes. Nadie piensa, solo se consumen productos ya terminados. La ciudad cuenta, inclusive, con pantallas gigantes distribuidas a lo largo de la misma, y con parlantes que transmiten una misión de radio. Las universidades ya no forman profesores o críticos, solo deportistas. El gobierno argumenta que leer angustia a la gente, ya que los lleva a cuestionar su vida, analizar y pensar la realidad que los rodea. Y aquello no debe ser posible, el pueblo debe ser feliz todo el tiempo sin planteamiento alguno.

Al comienzo de la obra, Bradbury presenta a un Montag cómodo con su rutina de bombero, su matrimonio y las políticas de no cuestionamiento impuestas por el gobierno.

Sin embargo, todo cambia cuando un día, a la salida del trabajo, se encuentra con una joven llamada Clarisse. Esa muchacha de 17 años fue la primera persona en la vida de Guy que le hizo preguntas, que no actuaba como los demás y que incluso aparentaba cuestionarse hechos.

En una ocasión, la joven se atreve a preguntarle si es realmente feliz con su manera de vivir, interrogante que descoloca completamente a Guy. Así hablaba la muchacha: “… Casi nunca veo la televisión mural, ni voy a las carreras o a los parques de atracciones. Así, pues, dispongo de muchísimo tiempo para dedicarlo a mis absurdos pensamientos…”. Evidencia, de esta manera, que no es como el resto de los ciudadanos.

Tienen lugar algunos encuentros más con Clarisse. Cada uno de ellos provoca en Montag una reflexión distinta. No vuelve a ser el mismo, pareciera como si se le hubiese retirado un velo de los ojos. ¿Podrá Montag cambiar su estilo de vida? ¿Será capaz de replantearse lo ya impuesto y arriesgarse a averiguar qué hay detrás de los libros?

Actualmente, si bien no está prohibido leer, es evidente que el interés por la lectura se ha perdido, mayormente en los niños y adolescentes. La tecnología ha reemplazado, en muchos casos, al viejo hábito de sentarse una tarde a disfrutar de la lectura de algún volumen, por una tarde de videojuegos, tablets, televisión o simplemente pasar el tiempo en las redes sociales.

Whatsapp, Facebook, Instagram, Twitter, Snapchat y entre otras han desterrado a los libros de la vida de muchos jóvenes.

La lectura agiliza el cerebro, disminuye el estrés, previene la pérdida de memoria, incrementa nuestro vocabulario, enriquece nuestro conocimiento de mundo, aumenta nuestras habilidades cognitivas… Mas todo aquello parece no importar frente al ansia de la inmediatez de una pantalla, de un producto terminado, al conformismo provocado por
los medios masivos de comunicación.

Si los bomberos de Fahrenheit 451 existiesen en nuestra época, sin duda se verían en la necesidad de buscar otro empleo: no existirían libros que quemar, ya habrían sido quemados por el candor de las tecnologías actuales.

 

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