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Mi voluntariado en Calcuta: un antes y un después en mi vida

Acostumbrada a otro tipo de vacaciones, la idea de hacer un voluntariado en una de las ciudades más pobres del mundo me daba miedo. Pero fui. Y hoy puedo decir que sin lugar a dudas es una de las mejores experiencias que he tenido.

Por Bárbara Caoa, Profesora y Licenciada en Lengua y Literaturas Modernas, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo.

 

Tres años atrás, tuve la oportunidad de viajar al continente asiático por primera vez junto a mi mamá. Antes de irnos, tuvimos que pensar en dos cosas muy importantes, sin las cuales no se puede viajar: la visa y la vacuna contra la fiebre amarilla. Sin esa vacuna, no se puede entrar al país. Además de la protección contra dicha fiebre, me puse un refuerzo de la vacuna del tétanos, entre otras. Y lo principal y más importante: no se debe viajar en sus meses de verano (marzo, abril, mayo, junio y julio) no solo por las altas temperaturas sino por los monzones. Llueve tanto que no se puede caminar por las calles, y con el agua llegan también los mosquitos y las ratas.

Viajar a la India requiere de cuidados que no tendríamos en otros países. Por ejemplo, utilizar agua mineral para todo, hasta para cepillarse los dientes; bañarse con ojotas, usar barbijo para caminar por la calle (es muy común que se queme basura a distintas horas
del día) y no comer comida preparada en los puestos de la calle. Hay dos restaurantes a los que asisten todos los voluntarios, Blue Sky y Spanish café, en la zona de Sudder Street. En cualquiera de los dos, la comida es riquísima, hay platos más occidentales y se pueden pedir colaciones que no sean picantes (casi toda la comida de la India tiene curry y picante, condimentos a los que los argentinos no estamos muy acostumbrados).


El patio donde pasan el tiempo las pacientes y las masis (empleadas pagas). En esta ocasión, compartiendo una merienda.
El patio donde pasan el tiempo las pacientes y las masis (empleadas pagas). En esta ocasión, compartiendo una merienda.

Las hermanas tienen bajo su cuidado muchas casas (algunas con niños, otras con ancianos, adultos, entre otros). Se puede elegir. Nosotras escogimos una llamada Prendam, que alberga personas entre 30 y 70 años, hombres y mujeres (separados en distintos ambientes). Creo que es la casa más linda: es muy grande y luminosa; tiene muchas plantas, una pequeña huerta; música y siempre está muy limpia.

Un día, fuimos a un centro llamado Kalighat, y no fue tan fácil lidiar con lo que allí encontré: los pacientes que acoge esta casa están al borde de la muerte y no hay tanta alegría como en Prendam. Me entristeció, mas pude valorar el trabajo que allí se hacía con esas personas tan necesitadas de cuidados.

Todas las mañanas, a las 6, hay misa en la Mother’s House (el hogar principal de las monjas, donde se encuentra la tumba y la habitación de la Madre Teresa) para el que quiera asistir, y a las 7 de la mañana, en el mismo lugar, los voluntarios y las monjas se reúnen para el desayuno, el cual consiste en un chai y una banana o una rodaja de pan lactal. Una vez tomada la colación, se reza (una vez más, el que lo desee) y luego, por grupos, se va a las distintas casas.

Se puede ir en micro o caminando; nosotras a la ida íbamos a pie con todo el grupo y a la vuelta tomábamos un tuc- tuc (una especie de moto con techito y una parte trasera para sentar gente). No es para nada peligroso ir caminando; Calcuta es muy segura, nunca nos robaron. No recomiendo tomar el colectivo, es muy lento, caluroso y va siempre muy lleno.

Una típica calle de la ciudad. La gente se baña en espacios públicos, donde también duermen.
Una típica calle de la ciudad. La gente se baña en espacios públicos, donde también duermen.

¿Qué se hace en las casas? Primero se ayuda con las tareas domésticas: lavado de la ropa de las pacientes y sábanas (lo que más tiempo lleva, ya que todo se hace a mano), poner la mesa, servirles la comida, lavar los platos, cambiar gasas y curar heridas (el que se anima), entre otras.

No obstante, el principal objetivo es pasar tiempo con las pacientes. Las mujeres y hombres que allí se encuentran son personas que no tienen a nadie. Son gente que o bien decidió ir al centro por voluntad propia porque no tenía qué comer ni dónde vivir, o bien personas que las monjas rescatan de la calle. Les gusta que les pinten las uñas, les hagan distintos peinados (atención a los piojos, siempre con guantes y gorros en el pelo), que les pongan crema en las manos. También les gusta dibujar y pintar.

Una vez finalizado el almuerzo, se las lleva a sus camas y concluye el turno de la mañana. Hablo por supuesto de la parte femenina debido a que, al ser mujer, por las costumbres indias, no se me permitía cruzar al lado de los pacientes hombres.

¿Hay que ser católico para poder hacer el voluntariado? Desde luego que no. Las hermanas de la caridad reciben a cualquier persona, sin importar su sexo, religión, nacionalidad o raza. Yo trabajé junto a gente atea, judía, muchos cristianos, sí, y también con compañeros de inclinaciones budistas. El único requisito es el de la voluntad de ayudar.

¿Debo trabajar mañana y tarde donde me asignen? ¿Tengo que avisar con anticipación que voy a ir y cuántos días? La respuesta, una vez más, es no. Como voluntario, se puede elegir si trabajar en la mañana, en la tarde o en ambos turnos, y por la cantidad de días que se desee. El voluntario debe presentarse a las tres de la tarde en un edificio llamado Nirmala Shishu Bhavan (situado al lado de Mother´s house) con el pasaporte, los días lunes, miércoles o viernes.

“¿Para qué ir a la India, siendo que aquí en el país también hay gente pobre?” es la primera pregunta que mucha gente me hizo. Y es válida. Claro que no hace falta trasladarse miles de kilómetros para colaborar con los más necesitados; sin embargo, la experiencia de ir a ayudar al lugar donde vivió la Madre Teresa, conocer sus obras y a cientos de voluntarios de todas partes del mundo es incomparable.

Quizás la diferencia radica en que en Calcuta la pobreza llega a niveles de indigencia e insalubridad que no se encuentran en todas las provincias de Argentina; además del hecho de que uno personalmente se enriquece con una cultura completamente diferente. Se amplían
nuestros horizontes y se desarrolla una mayor empatía.

Un mundo totalmente distinto al nuestro, que nos muestra gente que verdaderamente sufre, y que tal vez, si no fuese por los voluntarios, no recibiría ningún tipo de afecto. Al compartir con ellos, pareciera como si se les recordara que también merecen cariño, que no están solos, que sí ameritan una vida digna y no morir en la calle, abandonados y enfermos. Se ven y se viven cosas muy fuertes, como tratar con pacientes que tienen el cuerpo y la cara quemados con ácido.

Hice cosas que nunca creí poder hacer, como sacar piojos. Pero pude, y crecí, y valoré mil veces más todo lo que tengo y que siempre di por sentado, como abrir la canilla y que salga agua potable. Pude vivir en carne propia una de las tantas frases que nos dejó la Madre Teresa antes de partir: “lo que importa es cuánto amor ponemos en el trabajo que realizamos.

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One Comment

  • Laura Puy

    Impresionante relato. Hiciste que nos imaginemos cómo es ese lugar y que conozcamos un poco lo que hace gente generosa de todas partes del mundo. Felicitaciones!

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